Desafíos del Sindicalismo Clasista

13.Oct.06    Mensuario Construyendo
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Editorial del Construyendo N° 20 de setiembre de 2006.


Las recetas del FMI, aplicadas con estricta continuidad por el gobierno del Frente Amplio, no hacen más que ahondar la crisis del movimiento sindical, de su táctica y estrategia, de su discurso y estructura orgánica. Como resultado dramático, la clase trabajadora se encuentra en una posición defensiva. Por un lado, lucha y se moviliza para “recuperar” lo que le fue expropiado, resiste las agresiones patronales y se opone al rumbo neoliberal del gobierno. Por el otro lado, continúa huérfana de un programa de clase, de ruptura con la lógica capitalista de apropiación privada del trabajo social.

En el origen de esta crisis de la “representación sindical” se encuentran factores objetivos: el desempleo masivo y la precariedad laboral (ambos con duros efectos “disciplinantes”); los procesos de reestructura empresarial; el crecimiento del trabajo “informal”; la confiscación salarial; la distribución regresiva de la riqueza; la existencia de una pobreza de masas que refuerza las opciones individuales de sobrevivencia. Todos estos factores agudizan la fragmentación y debilitan las acciones colectivas, unitarias y solidarias. De allí, que una amplia franja de trabajadores (empleados y desempleados) se encuentren ausentes de los sindicatos o poco y nada identificados con ellos.

Bajo tales circunstancias (que favorecen un retroceso de la conciencia de clase y marginan las propuestas clasistas y revolucionarias), se refuerza la naturaleza conservadora de las direcciones sindicales burocráticas que se aferran tanto a su status de “interlocutores” como a sus privilegios materiales. Estas direcciones burocráticas se adaptan a la agenda dominante y defienden un modelo sindical orientado a las “concertaciones sociales”, los “pactos productivos” y la abierta colaboración de clases. Los aparatos sindicales están convencidos en la “irreversibilidad” de la “democracia de mercado” y, a partir de esta capitulación, no pueden más que acomodar el cuerpo, tirar hacia atrás, frenar las luchas y negociar las demandas.

Estos aparatos burocráticos, se reciclan ahora en un tipo de sindicalismo gubernamental que, con ropaje “propositivo”, convierte a las organizaciones de trabajadores en filiales de las decisiones estratégicas y programáticas del “progresismo”, comprometiendo de este modo (pese a toda la liturgia “clasista” de sus dirigentes) la independencia y la autonomía del movimiento sindical ante el gobierno de Tabaré Vázquez.

La orientación del sindicalismo gubernamental (con sus diversos matices políticos y sus distintas maniobras tácticas), pone énfasis en la movilización controlada y en la “presión” sobre una supuesta función “reguladora” del Estado. Cuando no en la desmovilización que termina con la derrota y el aislamiento de numerosas luchas (Naussa, Coprograf, Dancotex, Zip, Enticor, Henil-Colttirey, Fapiursa, cañeros de Bella Unión, trabajadores de Botnia, Conaprole).

Esta orientación estratégica se volverá a reiterar en el 9º Congreso del PIT-CNT que se realiza por estos días, tal cual se propone en el documento de la Mesa Representativa. Un Congreso que, por otra parte, no ha vivido un proceso previo de discusión y participación democrática en las bases sindicales. Por el contrario, todo se ha reducido a sumar delegados para un evento que tiene como objetivo legitimar las grandes líneas de una política de colaboración de clases y de apego (aunque de a ratos “crítico”) al gobierno.

A lo sumo, habrá una disputa de familia entre los frenteamplistas, donde las distintas fracciones sindicales gubernamentales, combinarán discurso máximo con programa mínimo. Es decir, donde las apelaciones encendidas contra el TLC (ahora el TIFA), el imperialismo, los empresarios reaccionarios y los “errores” del gobierno, sepultarán cualquier necesidad de un verdadero plan de lucha contra el programa neoliberal certificado en la Carta de Intención.

El PIT-CNT, en cuanto estructura y dirección actual, ya no es un instrumento capaz de ser el centro unificador de la hegemonía de clase de los trabajadores. Este diagnóstico nada tiene que ver con una visión fatalista, sino que responde a una evaluación de los cambios ocurridos en la composición de la clase trabajadora afectada por la desindustrialización, la extranjerización de la tierra, el desempleo, las tercerizaciones, el exilio económico, la extrema pobreza. Y, sobre todo, por un proceso que combina adaptación a la lógica de reproducción capitalista con una pérdida de independencia frente al partido-gobierno que comanda el aparato del Estado.

En este contexto, la encrucijada del movimiento sindical no se resuelve con un debate sobre el “principio de unidad” (manejado como factor de chantaje por las direcciones burocráticas) o sobre la idea de una ruptura con la estructura actual del PIT-CNT. El dilema se ubica en el terreno de la estrategia y del programa de los trabajadores, en la medida que no puede pensarse en una modificación radical de las relaciones de fuerzas entre las clases, sin quebrar una política económica que beneficia, decisivamente, a las clases propietarias y al imperialismo.

En las actuales relaciones de fuerzas -que se degradan aceleradamente por los efectos de la ofensiva multidimensional del capital- una acción sindical que tienda solo a mantener lo existente o a “recuperar” los derechos y conquistas anteriores, no alcanza. Tanto la estrategia puramente defensiva, como la táctica de resistencia “prolongada” están, más temprano que tarde, condenadas al fracaso.

Las luchas sindicales y las movilizaciones populares que tratan de limitar los atropellos patronales, los ataques al nivel de vida, al salario, al empleo, a las jubilaciones, a las asignaciones presupuestarias en salud, educación y vivienda (en el marco de los compromisos asumidos por el gobierno “progresista” con el FMI, el Banco Mundial y el BID), se verán cada vez más, cara a cara, con el poder de cooptación, amenaza y represión que disponen el Estado y las corporaciones patronales.

Es por ello, que solamente una izquierda sindical clasista y revolucionaria (de la cual la Tendencia es un importante pero pequeño componente), con sólidas raíces en la clase trabajadora, puede contribuir a ayudar a los trabajadores y, en general, a los explotados, a vencer las dificultades y la impotencia de sus reacciones frente a las patronales que se cobijan bajo el alero de un “país productivo” que necesita de la “inversión privada”.

Cuando ni los partidos que pretenden representarlos, ni los aparatos sindicales ayudan a los trabajadores a percibir en su real dimensión el “estado actual de la situación” y la naturaleza capitalista del programa del gobierno “popular”, el sindicalismo clasista puede y debe hacerlo. A condición, claro está, que no se encierre en el gueto de un discurso auto-complaciente y de práctica sectaria.

Los desafíos parecen ineludibles: ayudar a que la re-construcción de una estrategia y un programa de los trabajadores, adquiera cuerpo en las luchas y en la auto-actividad organizada de los productores de la riqueza social. Todo lo cual exige, indefectiblemente, una movilización popular organizada y conciente sobre la necesidad de ruptura con el FMI, el no pago de la deuda externa, la estatización del sistema financiero, la reforma agraria, el no a todas las privatizaciones, y la ruptura con todos los pactos y tratados con el imperialismo.

Es cierto que el aumento (cuantitativo) de la sindicalización no implica, automáticamente, una participación activa en los sindicatos, ni una capacidad combativa, ni una percepción de que el proyecto de “cambio posible” puede ser derrotado. Pero no faltan ejemplos para poner de relieve el hecho de que, en los momentos de movilizaciones de cierta amplitud e intensidad, la impronta de la acción directa de los trabajadores genera dinámicas unitarias que barren con la atomización y con las múltiples diferenciaciones creadas por los gerentes de “recursos humanos” en el seno del proletariado.
Esas dinámicas unificadoras se ven reforzadas cuando se apoyan en la auto-organización democrática, y cuando las fuerzas sindicales clasistas organizadas nutren las relaciones con otros movimientos del campo popular, contribuyendo a la emergencia de una consciencia acorde con los obstáculos y objetivos que se plantean en la lucha. La constitución de los trabajadores en una clase “para sí” se ve entonces facilitada; se transforman en proletariado en lucha, asumiendo su potencial antagonista. Como fuerza motriz en la transformación radical de la sociedad.
El punto de partida de una orientación alternativa, clasista, debe enraizarse en el refuerzo de la capacidad de “marchar juntos” que poseen los trabajadores. Esta capacidad se basa en la realidad del carácter social del trabajo y puede socavar la forma fetiche que adoptan en lo cotidiano las relaciones sociales capitalistas.