FARO Documento 3 - Ruptura con los oportunistas


Ruptura con los oportunistas.

Conocidos ya los planteamientos de los oportunistas, a través de los cuales sirven ala burguesía enquistada entre las masas, es necesario plantearse la unidad de ellos o con ellos. Este problema es de gran importancia para el movimiento obrero y revolucionario de nuestro país, pues de los dichos habrá quedado completamente que ellos existen también en Chile, aún más, que ocupan cargos dirigentes en la Central Única de Trabajadores y en el llamado movimiento de “izquierda” Chileno. Como tales oportunistas – según hemos mostrado – se disfrazan de marxistas, es importante seguir transcribiendo las opiniones de los creadores del marxismo respecto a la actitud que hay que adoptar con ellos.
“El hecho es, señala Lenin, que los partidos obreros burgueses, como fenómeno político ya han sido constituidos en todos los países capitalistas avanzados y que sin una lucha enérgica y despiadada en toda la línea, contra esos partidos…o lo que es lo mismo contra esos grupos, contra esas tendencias, etc. – no puede hablarse de lucha contra el imperialismo, ni de marxismo, ni de movimiento obrero socialista”
Refiriéndose a la actitud que hay que adoptar con los oportunistas en el movimiento de masas, Lenin opina: “La única línea marxista en el movimiento obrero mundial consiste en explicar a las masas que la escisión con el oportunismo es inevitable e imprescindible, en educarlas apara la revolución en una lucha despiadada contra él.”
En otra de sus obras, Lenin, con palabras plenamente aplicables a los oportunistas chilenos, dice: “El carácter relativamente pacífico comprendido entre 1871 y 1914 ha alimentado el oportunismo, primero como estado de ánimo, luego como tendencia y, finalmente, como grupo o sector de burocracia obrera y compañeros de ruta pequeño-burgués.
Solo pudieron tales elementos subordinar el movimiento obrero, reconociendo de palabra los objetivos revolucionarios y la táctica revolucionaria. Solo pudieron conquistar la confianza de las masas jurando que todo el trabajo pacífico no era sino una preparación para la revolución proletaria. Esta contradicción era un tumor que alguna vez habría de reventar y ha reventado. Ahora la cuestión consiste en decidir si… hay que intentar introducir nuevamente ese pus en el organismo en aras de la unificación (con la pus), o si, para contribuir a la completa curación del organismo del movimiento obrero, es menester eliminar esa podredumbre del modo más rápido y cuidadoso, aunque sea éste proceso temporalmente doloroso”.
La actitud de exigir la ruptura con los oportunistas y de rechazar la “unidad entre comillas” con ellos, para los marxistas leninistas es plenamente consecuente con la calificación que hacen de los oportunistas como “Agentes de la burguesía”. No se trata, por lo tanto, de tendencias legítimas dentro del movimiento proletario, de simple diferencias de opiniones respecto a tácticas, sino de elementos que introducen una ideología y actuaciones favorables a la burguesía en el seno de los trabajadores. El “ unirse” con ellos, por lo tanto, equivale a unirse con los explotadores. “ La vieja teoría – dice Lenin – de que el oportunismo es un matiz legítimo… se ha convertido hoy día en el engaño más grande de la clase obrera, en el mayor obstáculo para el movimiento obrero”
Pero si no bastara con estos conceptos de Guerra, puede leerse, para advertir hasta donde puede llegar la degeneración del marxismo-leninismo en manos de los revisionistas, la revista Urss de 15 de agosto de 1969, pag. 7, donde se afirma con todo desenfado que de acuerdo a Lenin, el poder podía tomarse por vía pacífica y que ésta fue la táctica empleada en la Rusia de 1917!. De donde concluimos que la Revolución Rusa, constituye un ejemplo de tránsito pacífico del capitalismo al socialismo.
En el Uruguay, el reformismo tiene considerable importancia, mucho mayor que en algunos países vecinos, por el desarrollo indudable que llegó a alcanzar el P. Comunista bajo la dirección de Arismendi, que si no se reflejó en el caudal electoral, fue y aún es considerable en el movimiento de masas.
El carácter claudicante, entreguista y a la postre traidor del reformismo adquirió estado público con la posición del PC uruguayo en la Conferencia de la OLAS, en 1967, donde por mero oportunismo de izquierda apoyó la Declaración General de la Conferencia, pero se negó a condenar al PC de Venezuela, que había traicionado a la Revolución, y ostensiblemente, por vía de su delegado Arismendi, también se negó a aplaudir múltiples pasajes del discurso de clausura de Fidel Castro, como ya lo había hecho en el discurso de clausura del Cte. Prada. Hubo una frase de Fidel que todo el mundo interpretó como dirigida a Arismendi, cuando dijo: “Ojalá un día se convenzan de que no tienen ninguna razón para ofenderse, quienes no lleven también en su alma el germen de la traición”
Esta política de claudicación había tenido ya principio en 1966, con la asombrosa definición de Arismendi de que Gestido significaba un cambio de la derecha hacia el centro. Este juicio se correspondió poco después con la política de la CNT, cuando se empezó a hacer una oposición más aparente que real, mientras el diálogo venía a consagrar la tregua que tanto se había repudiado anteriormente.
La afirmación de que estamos en un período de acumulación de fuerzas pero que vendrá otra etapa en que se impondrá el poder popular como contragolpe al asalto de las instituciones por la fuerza, se transformó en una proclama para engañar incautos, porque con ella se evitaba el enfrentamiento ahora con la dictadura “constitucional” y con el golpe real que fue, dado a las instituciones, sustitutivo del golpe gorila, no aplicado por la reacción, porque simplemente, no había necesidad de ello, ya que la resistencia fue más aparente que real.
Por otra parte, nadie cree a esta altura en el famosos contragolpe comunista, si se juzga por algunas medidas que se esbozaron en el seno de la CNT para enfrentar al malón reaccionario.
Así fue cuando en diciembre de 1967 se disolvieron diarios y partidos políticos de izquierda, en que el traidor reformismo hizo la correspondiente alharaca, pero un mes más tarde, enero de 1968, Arismendi se reunió con Pacheco, autor del decreto liberticida convertido en potencial dictador. De qué hablaron en esa reunión?. Qué tenía que conversar el Secretario General del PC Uruguayo con el liberticida encaramado en la primera magistratura por obra del azar? A qué acuerdos llegaron? Acaso a un statu quo o pacto de no agresión que asegurase a Arismendi que no se ilegalizaría al PCU, ni se clausuraría “El Popular” y como contrapartida, garantizara al títere del imperio que el movimiento sindical sustituiría la lucha por el diálogo? El pacto que allí se formalizó contemplaría que Pacheco Areco pudiera aguantar los cuatro años hasta las elecciones de 1971, mientras el PCU seguía “acumulando” sus fuerzas hasta después de la elección? No exigió Arismendi en esa entrevista que se derogara el decreto que clausuró EPOCA como mínima condición de dignidad para empezar a conversar?
Por cierto, por lo que vino después, permitió comprobar que ese pacto ignominioso de no agresión, ese pacto de la indignidad existió realmente, porque de Epoca nunca más se acordaron los dirigentes del PCU no solo cuando exigían la reapertura de EXTRA e ignoraban la de EPOCA, no solo cuando no le pagaban sus deudas por alquileres a pesar de conocer su difícil situación, sino incluso cuando se dedicaron a acechar en esas dificultades para quedarse con la otra mitad de la rotativa del diario y con su local.
El pacto existió, porque el movimiento sindical vio como poco después, los dirigentes comunistas iban entregando un conflicto tras otro, en los frigoríficos, en los bancarios, en salud pública, aislando cada lucha y aceptando despidos de cientos de trabajadores al mismo tiempo que aparentaban poner el grito en el cielo por los destituidos.
El pacto existió, porque “El Popular” ha sufrido menos clausuras que varios diarios de la propia reacción, y porque poco después se tramitó un préstamo de veinte hasta cien millones de dólares con la Urss, con el auspicio de toda la derecha, y que tuviera broche de oro con el otorgamiento de misión oficial a Arismendi para ir a la Urss.
La política reformista ha llevado a la traición y a la entrega, alternando oportunismo de derecha y oportunismo de izquierda, como en el caso de la bajada de palanca de la UTE.
La política del PCU oculta la realidad, crea falsas ilusiones, realiza demagogia, desfigura la naturaleza del régimen actual al presentarlo como capaz de realizar cambios de interés del pueblo, con lo que hace el juego y permite sobrevivir al régimen oligárquico imperialista.
En cada período de medidas de seguridad, la consigna de los reformistas ha sido actuar con cautela, para que ante la ausencia de motivos que las justifiquen, el gobierno se vea obligado a levantarlas, luego de lo cual, restablecida la “normalidad”, se vuelve a la movilización. Pero este juego se ha hecho viejo y la reacción ya lo ha descubierto, manteniendo indefinidamente las medidas.
Ahora todavía han llegado a cosas más graves. Las medidas se mantienen, pero ya no contra los gremios, porque no hay ningún conflicto importante, ni contra los partidos de oposición, prohibiéndoles realizar actos como hizo Jiménez de Aréchaga, sino exclusivamente contra los militantes revolucionarios, que gracias a las medidas de seguridad permanecen en los cuarteles largo tiempo. Y aquí, también existe un especie de acuerdo tácito, de los sectores liberales y reformistas del parlamento, con el gobierno, para que les permita realizar actos del Movimiento en Defensa de las Libertades y de cada partido, sin perjuicio de la vigencia de las medidas.
El régimen se ha fabricado su propia “izquierda”, dejando únicamente como legal al Partido Comunista. Y el gobierno puede cumplir con sus objetivos y darse el lujo de mantener la apariencia democrática, porque en el medio está el traidor-reformismo, taponeando y haciendo de colchón en la contradicción existente entre el pueblo, que es la gran mayoría de la población y la oligarquía, constituida por un pequeño grupo de privilegiados que entregan el país al imperialismo. En la medida que el PCU conserve la dirección del movimiento sindical, la movilización de las masas trabajadoras va a existir así, porque de lo contrario perderían prestigio muy rápidamente en los sindicatos, pero dentro de ciertos límites. De forma completamente inefectiva, sin que constituya un verdadero enfrentamiento al régimen.
Estas verdades de a puño hay que decírselas a los trabajadores, haciéndoles ver que hay un enemigo oculto dentro de nuestras filas, pero hay que saber decírselo, por lo cual no se puede atacar al PCU globalmente, sino distinguiendo muy claramente entre su dirección derechista, responsable de la traición y de la entrega, y su masa de afiliados y simpatizantes, que es revolucionaria, y por eso ha dado mártires como Líber Arce, Susana Pintos o Hugo de los Santos, cuyo sacrificio ha sido utilizado para su menuda política por la dirección derechista.
Mientras la clase obrera no aprenda a conocer claramente a quienes lo están traicionando, la revolución solo avanzará a medias, porque la “rebelión de la clase media” o de la pequeña burguesía que hoy está conmoviendo al país con sus acciones, necesita imperiosamente incorporar a los obreros, lo que se verá parcialmente dificultado mientras éstos no desenmascaren a quienes los están entregando, confundiendo y frenando sus inmensas posibilidades revolucionarias como clase de vanguardia.
La batalla ideológica contra el reformismo debe ser librada a todos los niveles, pero cada organización revolucionaria tiene el derecho de elegir las vías y los medios de hacerlo. Mientras unas organizaciones han optado por librar la polémica pública y oficialmente a nombre propio (FAU y MIR), otras han optado por no enfrascarse públicamente en la discusión (MLN), aún cuando compartan las críticas al reformismo.
En el capítulo respectivo analizaremos la táctica revolucionaria en el movimiento obrero.
Porque por su parte el traidor reformismo especula y se beneficia con la debilidad de la lucha ideológica, mientras juega a la carta mezquina y contrarrevolucionaria de esperar la destrucción de las organizaciones que están ya en la lucha armada, ubicadas en la actitud reaccionaria de añorar el pasado, sin advertir, por la sencilla razón de que no son ya marxistas, que el viejo Uruguay liberal ha muerto.
Los burgueses liberales que eran el sustento de clase de la democracia uruguaya han sido desplazados del poder por la oligarquía pro-imperialista, porque las nuevas necesidades del imperialismo, que cada día tiene menos margen para su acción en todo el mundo, ha impuesto el total desplazamiento de los burgueses liberales (Vasconcellos, Michelini,) y por ahora, se los tiene encerrados ofensivamente o inofensivamente en el parlamento, mientras no se haga dar otra vuelta de tuerca.
Esto solo debe llenar de satisfacción a los verdaderos revolucionarios, aún cuando está señalando el comienzo de una etapa en que la lucha será aún más dura, pero no quiere ser admitido por los traidores-reformistas, que siguen aferrados a sus métodos, a su legalidad permitida, a su burocracia de aparato, a la celebración de nuevos aniversarios sin hacer la revolución, sin querer reconocer que tarde o temprano la represión también los alcanzará y entonces será tarde para ellos. Porque en todo este tiempo, la lucha armada se ha ido desarrollando en sus propias narices y los mejores cuadros del partido se han ido enfriando, alejándose o incorporándose a las organizaciones revolucionarias.
Se irán quedando sin juventud, sin entusiasmo, son fe, ocupando cargos burocráticos que cada día representarán menos pueblo. La vida misma del país se les irá yendo entre las manos, alineados por concepciones estratégicas ajenas a nuestros pueblos, alentando la falsa ilusión de que se decidirán más adelante, cuando el proceso haya avanzado más y ellos puedan incorporarse con más seguridad, sin comprender que a esa altura, su propia masa los habrá abandonado, y el poder revolucionario estará en otras manos, las manos de los mejores hijos de esta tierra de los que sin seudos esquemas, sin cálculos miserables y mezquinos, y sin otras armas que las de su fe, estuvieron en el momento debido, aquí y ahora, dispuestos a darlo todo por la patria.

a) en lo social o de masas
En este punto, debe analizarse la política en el movimiento obrero y la política en el movimiento estudiantil.

I) en el movimiento obrero: Es aquí donde debe librarse el mayor enfrentamiento ideológico, político y organizativo, para incorporar a la lucha a la clase de vanguardia.
Del estudio de la ideología, sabemos que en la sociedad existen dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado, explotadores y explotados. Cabe preguntar entonces. Dónde se debe ubicar el reformismo porque no existe una posibilidad intermedia entre las clases antagónicas y toda política debe ubicarse objetivamente en la defensa de una u otra clase social.
La burguesía es reformista, tanto por su ideología, que rechaza todo cambio cualitativo y revolucionario, como por su política, que solo admite como táctica la evolución pacífica dentro del régimen burgués.
El proletariado es revolucionario, tanto por su ideología, que solo admite luchar por caminos revolucionarios que lo lleven a la toma del poder, como por su política, que sólo admite como táctica la revolución violenta tendiente a sustituir el poder burgués por el del proletariado, que es la inmensa mayoría.
Pero existen dos tipos híbridos de organizaciones, que dan lugar a confusiones, y sin embargo, son unas y otras, defensoras objetivas del poder burgués:
a) las organizaciones con ideología burguesa que practican una táctica política revolucionaria, cuyos ejemplos más notables son las llamadas revoluciones mejicanas y bolivianas de 1952.
b) Los partidos de una ideología teóricamente revolucionaria, que practican una táctica reformista pacífica, como lo fueron los partidos marxistas socialdemócratas de fines y principios de siglo y como lo son los partidos comunistas de las tendencias pro-soviéticas.
Lenin denominó a estos últimos “partidos obreros burgueses” y los caracterizó magistralmente. Obviamente, estos partidos obreros burgueses deben disimular su verdadera condición ante los trabajadores, y para evitar ser puestos al descubierto, se ven obligados a revisar las verdades fundamentales del marxismo-leninismo, dando nacimiento al revisionismo (si entendemos a la ideología que expresan) o reformismo (si nos referimos a su política y a su táctica)
Entre las muchas deformaciones de la ideología, los revisionistas se dedicaron a distinguir en la sociedad, dos tipos de condiciones: las objetivas y las subjetivas, para concluir que si bien puede darse las primeras en toda América Latina, en cambio todavía no se han creado las segundas, y que hay que esperar que se produzcan. Como entrar en este tipo de discusiones sería cosa de nunca acabar, preferimos hacer otro tipo de distinciones para el Uruguay, diferenciando dos etapas bien definidas: las anteriores y las posteriores al comienzo de la lucha armada.
Mientras el Uruguay vivió la primera etapa de las tácticas de lucha pacífica en lo político y en lo social, el reformismo podía vestirse con las galas de una ideología revolucionaria como el marxismo y ubicarse en la vanguardia ideológica y organizativa de las masas, prometiendo para cuando llegara el momento una táctica también revolucionaria, consistente en un contragolpe para el caso de derrumbe de las instituciones.
Pero como el Uruguay comenzó a pasar a la otra etapa de lucha armada con el foco iniciado por el MLN, cuando todas las otras organizaciones de izquierda iban siendo declaradas ilegales, y en la medida en que el gobierno llevaba adelante su escalada dictatorial sin encontrar respuesta organizada del movimiento de masas dirigida por el PC, el carácter no revolucionario de la táctica reformista fue quedando en evidencia. Como en esos muelles viejos cuando baja la marea, no sólo quedó entonces al descubierto la táctica política, sino también el carácter revisionista, adulterado y no científico de su teoría, así como la vetustez de su aparato organizativo de masas, condenado por el propio pueblo trabajador como burocrático, conciliador y entreguista.
La demostración más clara de este proceso, fue el cambio de la oposición dialéctica de clases dentro del movimiento obrero. Hasta 1968, esa oposición se expresaba entre la tendencia sindical amarilla de los mercenarios del IUES, representaba los intereses patronales burguesas, y la tendencia sindical de la CNT, encabezada por los “dirigentes comunistas”, en subconjunto, que expresaba los intereses de los trabajadores. Desde 1969 en adelante en cambio, esa oposición se expresa entre la tendencia de izquierda de la minoría, que ha tenido su expresión más definida en el gremio bancario, pero que incluso llegó a mostrarse claramente en el congreso de la CNT en mayo, donde 150 congresales se adhirieron a la tendencia de izquierda.
Y de la base ya está saliendo, incontenible, una rebeldía sindical que enfrentará y abandonará a la dirección derechista, como sucedió en la Argentina, donde la CGT de los argentinos que encabeza Raimundo Ongaro ha puesto contra la pared a toda la dirección derechista vandoriana, después de dos años en que pareció que Onganía había impuesto su política de hambre sin aparente oposición.
Los dirigentes derechistas del PCU sostienen que ellos son los verdaderos revolucionarios, porque mientras ellos vinculan las luchas sindicales con postulados profundos como la nacionalización de los bancos o la moratoria de la deuda externa, los dirigentes de izquierda defienden sólo las reivindicaciones más inmediatas, salariales, practicando un economísmo oportunista.
A esto se aplica estrictamente la diferenciación entre ideología y política, o sea, entre programa y táctica. Lo que ellos pretenden que sea avanzado el programa, pero en cambio retrasan y frenan los métodos de lucha. Con postulados programáticos aparentemente avanzados, se encubren en realidad métodos de lucha conservadores y rutinarios, que están muy lejos de responder a las urgencias de los trabajadores.
Porque lo que determina el carácter revolucionario de una tendencia política sindical, no es el programa sino su método de lucha.
Los ejemplos abundan. Los obreros de los frigoríficos que ocuparon el Puente del pantanoso en 1966, tenían un reclamo programático muy poco avanzado, cual era el pago por parte del Estado de los doscientos millones que se le debían a los ganaderos para que éstos enviaran ganado a tablada y los obreros pudieran seguir trabajando. El programa, repetimos, no era avanzado, pero el método de lucha sí. No hicieron un paro con manifestaciones que a nadie hubiera llamado la atención, sino que ocuparon el puente y el país se conmovió.
La lucha de los estudiantes contra el aumento del boleto tenía un motivo puramente económico y limitado, pero el método de lucha en las calles conmovió a toda la ciudad porque configuraba un enfrentamiento abierto de tipo revolucionario.
La distancia entre programa y medio de lucha explica lo que pasó con el Congreso del Pueblo, que a muchos dejó desconcertados.
Cómo era posible que un programa tan avanzado, tan completo de transformaciones radicales, al que adherían prácticamente todas las organizaciones populares del país, no se lograra avanzar nada, el país no se conmoviera, y finalmente terminara disolviéndose en la más completa indiferencia? La explicación consiste en que no había ningún método para llevar adelante todo eso, no se ponía en peligro nada para las clases dominantes, y no se violentaba en ningún aspecto la legalidad burguesa.
En realidad, este problema es todavía mucho más profundo. La agitación de un programa revolucionario, sin estar acompañado de una táctica política consecuente y también revolucionaria, se transforma en una política contrarrevolucionaria, que crea falsas ilusiones en el pueblo al comienzo y luego lo desalienta al ver que nada de eso resulta alcanzable, y que aísla inútilmente a la clase obrera de otros sectores que estarían dispuestos a luchar por un programa menos ambiciosos pero más realistas, programa antidictatorial, nacionalista y democrático, pero que por el inmenso odio que sienten hacia la oligarquía vendida, serían capaces de enfrentar abierta y frontalmente al régimen.
Quienes hoy están cayendo en el radicalismo verbal del que antes acusaban a otros, son precisamente estos autodenominados “comunistas”. Y pensar que esta crítica ellos se la hicieron antes a los trotskistas, porque exigían un programa socialista y avanzado, aislando al pueblo de las vanguardias. Los que correctamente criticaban esto antes, caen ahora en el mismo error, confundiendo al pueblo con avanzados programas que no corresponden al estado de las luchas y los métodos empleados.
Lo que sucede que la ausencia de una táctica revolucionaria lo condiciona todo, porque transforma el programa proclamado en falso, porque desmorona la creencia en una línea política, y por lo tanto, transforma al propio aparato organizativo en un tembladeral.
Incluso cuando se proclama la consigna del restablecimiento de las libertades públicas, que en sí mismo es correcta, al no sustentarse con una táctica consecuente, se transforma en un pedido, casi en una imploración al régimen, para qu sea bueno y las restablezca. En esta pendiente, los reformistas, se van cubriendo de ridículo, porque deben recurrir a las maniobras más burdas. Así, en una época, se enteraban por anticipado de algunas concesiones que tal o cual gobierno iba a otorgar y entonces salían a exigirlas públicamente con gesto tronituante, para hacer creer que se conseguían gracias a ellos, a su “gran poderío” o a sus “habilidosas gestiones”. Pero llegó el momento de que las novedades se enteraban recién después que se producían, como cuando el levantamiento de las medidas de marzo de 1969, y aún así, pretendían transformarlo en un triunfo propio de la organización. Esto terminó por desacreditar su política por completo.
La táctica política del reformismo es pues, oportunismo de derecha, pero inserta en una realidad donde se va quebrando todos sus viejos vicios de diálogo, de negociaciones in participación de la masas, de falta de desarrollo de la conciencia de las masas obreras, de organización sindical blanda, que es de cúpula y no de base, con una fachada democrática que se mantiene en los gremios que no dominan, pero que se hace a un lado cuando adquieren el dominio de algunas organizaciones y se sustituye por métodos directamente gangsteriles.
Sin embargo, cuando la combatividad de los trabajadores es elevada, el traidor reformismo cae en posiciones aventureras de izquierda, con una doble finalidad: a) mantenerse en la dirección del gremio; b) ponerse en la vanguardia para frenar desde adentro.
Esto es lo que hicieron en la UTE, donde practicaron una línea aventurera de izquierda, al bajar la palanca sin que el gremio estuviera preparado y dotado de una alta conciencia revolucionaria, y frenaron todo el proceso cuatro días después, como lo anunció el propio Senador Rodríguez, en la Asamblea General para dejar tranquila a la reacción.
La consecuencia fue que la organización gremial fue duramente golpeada en UTE, que ahora Pereyra Reberbel hace lo que quiere allí y destituye a quien quiere, y que el retroceso fue para un tiempo largo en un sector, tan importante de trabajadores.
La táctica reformista anda hoy a los bandazos, de un extremo al otro, aunque su tendencia general es de derecha, como lo probó en sus actitudes de entrega en los últimos conflictos bancarios y de otros gremios, llevando a las masas su propio temor, que no es sólo el miedo a la clandestinidad de la organización sindical, sino sobre todo, a la ilegalización del PCU. Y mientras su política esté condicionada por esto, toda su táctica política y sindical estará condenada al fracaso primero y al repudio del pueblo después.
Por último, del punto de vista organizativo, el reformismo niega los más elementales principios de la democracia sindical, rehuyendo la consulta sistemática a las bases y a las asambleas. Sus métodos de dirección son burocráticos, manejados desde arriba, desde las cúpulas dirigentes. Las asambleas registran habitualmente una participación solamente formal del gremio, que se reúne una vez que la dirección ha “conquistado” ya algo, para informar de eso y nada más.
Lo normal en la dirección reformista es la falta de asambleas y congresos realmente representativos, con preparación colectiva de los informes, discusión previa de cada sector de base, etc. La organización reformista es de tipo vertical, sobre la base de uno o más burócratas que por medio de un grupo de militantes intermedios trasmiten, de arriba hacia abajo los planes de movilización, las consignas, etc. En esta concepción existe en realidad un menosprecio de la masa trabajadora, concebida como un rebaño pasivo, pero receptor de directivas craneadas en reuniones cerradas. Se basa en la concepción burguesa de la disciplina, donde la dirección sindical es el cuartel que ordena y el conjunto del gremio la tropa que escucha y obedece.
No es la disciplina proletaria consciente, surgida a través del centralismo democrático, de la participación activa de los trabajadores en la discusión y elaboraciones, de las resoluciones. Los delegados nunca realizan una asamblea de sección, de fábrica o de obra por iniciativa propia, sino cuando viene resuelto desde arriba… Y las comisiones centrales están designadas a dedo, hasta tal punto aisladas de la iniciativa de la masa trabajadora, que generalmente ésta ni sabe la existencia de tal o cual comisión.
Nunca se establece tampoco, una organización paralela de recambio, para funcionar en los momentos de represión, arraigada en la base del gremio, porque se parte de la idea de que las libertades burguesas nunca van a caer. Por eso ha sucedido que se ha golpeado en muchos casos a la cabeza del sindicato, es decir, a su sede y a sus burócratas y se ha desorganizado al gremio entero.
El reformismo centró siempre la actividad sindical en el entrelazamiento de sus luchas con la actividad del parlamento, en un tipo de movilización que sostienen que les ha dado los mejores frutos, y que consiste en lo siguiente:
a) La dirección sindical elabora una plataforma de reivindicaciones posibles.
b) Los parlamentarios reformistas estructuran un proyecto de ley.
c) Luego que los dirigentes van a las comisiones, se hace manifestar a las masas hasta las sesiones plenarias de las cámaras para presionar la aprobación de esos proyectos.
d) “El Popular” publica fotos y comentarios de las entrevistas de trabajadores con parlamentarios del reformismo, así como reportajes breves con fotos a algún trabajador y en especial a los dirigentes sindicales, volcando las preferencias a quienes se quiere captar para el partido.
Esta táctica pudo rendir frutos en una época, pero en la actualidad está obsoleta, y por el contrario, ahora sirve para rendir pleitesía a esta mascarada decrépita del régimen, como si el centro de la oposición el poder ejecutivo estuviera en el Parlamento. Ahora han puesto incluso a los políticos liberales como avanzada de la lucha, llegando a hacerles concurrir a asambleas sindicales como depositando en ellos la esperanza de que las reivindicaciones se hagan efectivas.
Toda esta táctica no da para más, por muchas razones:
a) Porque la crisis del país hace ilusorias todas estas reivindicaciones que hoy por hoy, sólo sirven para entretener y engañar a los trabajadores.
b) Porque el parlamento se ha transformado, especialmente después de la constitución naranja, en una institución intrascendente e inofensiva, sobre cuya actual eficacia no debe engañarse por más tiempo a los trabajadores para probar tal o cual proyecto, aún cuando se acepte que todavía le queda cierta función de caja de resonancias de la vida política del país.
c) Porque sino fuera por la iniciativa de los revisionistas de llevar al pueblo al parlamento, éste tendría todavía menos repercusión popular lo que permitiría mostrar todavía mucho más al desnudo el real carácter dictatorial del régimen.
La organización de los reformistas además, participa por medio de sus representantes burocráticos, en organismos estatales o paraestatales, como los seguros de paro, las cooperativas de consumo, los seguros de salud, los consejos de asignaciones familiares, las instituciones deportivas, las instituciones de Previsión a los que pronto podrán acceder, e incluso en empresas privadas pertenecientes al aparato de finanzas del partido, o donde éste tiene participación en la dirección, tales como el Banco Israelita del Uruguay, compañías de importación, algunas proveedurías marítimas y hasta explotaciones agropecuarias.
Todos estos organismos se han ido transformando en elementos de corrupción en el seno de la clase obrera, donde existen cuotas de puestos para repartir, al mejor estilo blanco y colorado, adonde los reformistas llevan su gente.
Allí lamentablemente muchos representantes obreros, aprenden los vicios de la burocracia, llegando a las maniobras con fondos que han sido restados del salario de los trabajadores.
Para poder conservar y desarrollar todo éste gigantesco aparato, es imprescindible mantener la legalidad del Partido, y para esto el único camino posible es el de pactar y transar con la oligarquía, aunque con ello se postergue indefinidamente la revolución.
La organización reformista es, casi exclusivamente montevideana, y al interior se lo ha dejado prácticamente al margen. Esto ha favorecido en muchos lados el desarrollo del amarillismo, al que junto a la indiferencia por los problemas gremiales, constituyen los dos problemas más graves del sindicalismo en la campaña.
Por último, la labor educativa del reformismo ha brillado por su ausencia, por diversas razones:
Porque ha fomentado ilusiones en los trabajadores, sin hacerles ver claramente lo esencial, o sea, que para lograr su verdadera liberación es imprescindible destruir el régimen burgués y sus instituciones, presentando al Parlamento como una cara simpática del régimen B) porque los famosos paros generales ordenados desde arriba, por motivos políticos múltiples, no han servido para educar políticamente a las masas. C) Porque ha postergado y en definitiva, adormecido la combatividad de los trabajadores, con la teoría de acumulación de fuerzas, para preparar confrontaciones decisivas con el gobierno a través de una huelga general, en la que ya nadie cree, porque hoy se enfrenta a una realidad totalmente distinta a la que el 1964 le dio vida.
En aquél entonces, se especulaba son un golpe de estado, al estilo brasileño, al que se respondería con un contragolpe, insurreccional revolucionario, mientras hoy se ha visto que el golpe se fue dando paso a paso, constitucionalizado, legalizado, a través de la reforma naranja primero, y por medio de las medidas de seguridad después, de modo que hoy el único artículo vigente de la constitución es el 168 inc. 17 y a nombre de la conmoción interior que esta forma prevé, el poder ejecutivo puede hacer lo que le venga en gana.
El país se ha tenido que tragar la dictadura, la huelga general ha quedado para nunca más ver, y el reformismo se ha tenido que convertir en una oposición legal, permitida, tolerante y hasta necesitada para el régimen, que va incluso a la cola de la oposición liberal burguesa y es menos agresiva como oposición que ésta.
Así se explica que “El Popular” a veces le pregunte a “El País” como va a dar determinada noticia o información, para darla a la vez un poco menos agresiva, de forma que no transgreda el decreto de medidas de seguridad, y a la vez no quede tampoco demasiado a la zaga de los diarios de la burguesía en la relativa agresividad de sus títulos. No en vano el diario del reformismo es el que más escueta y discretamente informa sobre los actos de los “subversivos”.
Pero si algo faltara a todo esto, cabe recordar que en la organización reformista brilla por su ausencia toda idea de preparación para la lucha armada, no se crean organismos de combate y mucho menos comandos obreros, y donde todo se limita a las llamadas brigadas de autodefensa, que sirven para cuidar los actos. Su utilización más visible en los últimos años ha sido la de servir de guaridas de la embajada norteamericana en alguna manifestación del 1º de mayo, para enfrentar a los trabajadores que querían apedrearla, sustituyendo en esta labor a la policía del régimen. Todo esto es lógico, porque ni la ideología revisionista, ni la táctica reformista, ni la organización vertical y burocrática de las actuales mayorías sindicales, podrán servir nunca para desarrollar la guerra popular en el Uruguay, lo que los trabajadores puedan crear en tal dirección, tendrá que hacerse en abierto enfrentamiento en todos los planos con las direcciones derechistas de los gremios.

II – En el movimiento estudiantil: En el Uruguay, la inmensa mayoría del estudiantado pertenece a la pequeño-burguesía, y las estadísticas universitarias comprueban que sólo un 4% de los alumnos es de extracción obrera
Los estudiantes no conforman una clase especial, pues por estar alejados de la producción, no son explotados ni explotadores, en el sentido teórico estricto.
Sin embargo, por su extracción pequeño-burguesa, los estudiantes tienen intereses objetivos a favor de la revolución, por las siguientes razones. A) porque la crisis ha provocado un empobrecimiento brusco de las clases populares, que ha castigado muy duramente a la pequeño-burguesía B) porque por tener acceso directo a la cultura, son sensibles a la injusticia y captan con relativa facilidad los cambios que se avecinan C)porque la dirección reformista no tuvo nunca en los estudiantes la importancia enorme que tiene la clase obrera.
Por estas razones, cuando el gobierno en junio del 68, comenzó una escalada represiva general, la resistencia más importante provino de los sectores de la cultura, y si la explotación estudiantil constituida en verdadera vanguardia de la rebelión de la clase media uruguaya no se le sumó una explosión obrera más profunda, clara y decisiva, fue porque la mayoría de las direcciones sindicales están en manos de los traidor-reformistas. La masa estudiantil quiso en 1968 abrir un camino para la lucha popular, pero quedó aislada y dando sus mejores batallas, sintió sus propias limitaciones
En el momento actual, no estamos en un reflujo de la lucha, sino en una nueva etapa, donde es necesario dar una perspectiva clara y de largo alcance, que permita a los estudiantes ver posibilidades serias de cambios revolucionarios.
Por lo tanto, existen ya algunos hechos positivos que se han dado este año, que permitirán futuros avances. El más importante ha sido sin lugar a dudas, el desplazamiento de los dirigentes reformistas del PCU de la mayoría de la FEUU, en una convención realizada en junio de 1969.
Un hecho igualmente positivo es la desafiliación de casi todos los centros estudiantiles de Secundaria de la burocrática CESU, que hoy no representa otra cosa que el aparato estudiantil de Secundaria de la UJC.
A esto debe agregarse la sustitución en varios centros estudiantiles de la estructura de dirección de comités ejecutivos por la de las asambleas de clases y junta de delegados, lo que da un carácter mucho más democrático a sus decisiones, hace participar a la masa estudiantil de un modo directo y elimina las direcciones burocráticas que nadie representan.
El reformismo pues, ha sido derrotado dentro del estudiantado, pero la batalla contra su ideología, su política y sus métodos organizativos debe continuar inflexiblemente, y no debe subestimársele ni considerarlo definitivamente vencido, porque su influencia sigue siendo todavía muy grande.

Enero 1970

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