El Uruguay y la Revolución Armada

23.Abr.09 :: Historia MRO

Documento histórico del MRO publicado en abril de 1967 en América Latina, Revista Teórica del Comité Ejecutivo del MRO.
Digitalizado por el Centro de Documentación de los Movimientos Armados (CeDeMA), como homenaje a la organización en su 48 aniversario. Agradecemos públicamente el gesto.



EL URUGUAY Y LA REVOLUCIÓN ARMADA

La búsqueda llega a su fin

Con los incisivos conceptos de este artículo del escritor francés Regis Debray*, que estuviera durante todo 1966 en Cuba, recogiendo lo mejor del pensamiento de Fidel Castro en multitud de conversaciones y durante agotadoras caminatas, llegamos al final de la búsqueda las generaciones de jóvenes que después de la segunda guerra mundial nos encontramos frente al drama del continente latinoamericano, y angustiados tantas veces, tentamos las más diversas vías para llegar a las soluciones de transformación profunda que hagan posible el progreso y desarrollo de nuestros pueblos.

¿Cómo salir también en el Uruguay, de esta crisis que hoy todos reconocen? ¿Cómo terminar con la inflación, verdadero robo que una minoría dueña de todo, realiza contra la mayoría de la población, que vive de ingresos fijos? ¿Cómo acabar con la desocupación, con la angustia impotente de los jubilados, con la inseguridad de los trabajadores, con el retroceso en la educación, con la pauperización de los funcionarios públicos, con la ruina de la salud pública, con la crisis industrial, con el estancamiento en la agricultura y la ganadería?

En 1948 decíamos: uniendo a los pueblos latinoamericanos, por aquello de que la unión hace la fuerza. Tal vez uniendo a los partidos auténticamente nacionalistas de América Latina. ¿Quién no recuerda de entre nosotros las luchas por la tercera posición? Hasta en el felón de Frondizi llegamos a creer en aras de esa concepción. ¿Y acaso la CEPAL no podría lograr con sus estudios económicos aproximar a estos países a través de una Zona de Libre Comercio primero y de un Mercado Común después?

Pero la dura realidad era que, para ese entonces, ya había invadido abiertamente nuestro continente un enemigo solapado, el imperialismo yanqui, poniendo a sus órdenes a nuestras oligarquías y a los ejércitos y gobiernos que le aseguraban la perpetuación de sus privilegios. Hoy hasta la magna idea de un mercado común ha sido puesta al servicio de los monopolios del imperio.

Sin embargo, la historia una vez más hace jugar su dialéctica, y con su enceguecedor resplandor, aparecer la luz deslumbrante de la Revolución Cubana. El fin sigue siendo la unión de todos nuestros pueblos, pero el medio es la revolución armada. El cambio profundo sólo se logrará si a la violencia de las clases oligárquicas se la enfrenta con la violencia organizada de los pueblos. En 1811 el pueblo tomó las armas para terminar con el imperio español en nuestras tierras: fue nuestra primera independencia. Hoy los pueblos toman otra vez las armas para terminar con el imperio yanqui: es nuestra segunda y definitiva independencia.

Las vías de la revolución

Los últimos años han estado ocupados por un problema central, el de los caminos de la revolución. Mientras aparecían las primeras guerrillas en Venezuela, Guatemala y Colombia, una discusión interminable se entabló en los más sesudos estudios teóricos.

Se confundía coexistencia pacífica como norma de política exterior de los países socialistas, para la defensa de la paz mundial, con tránsito pacífico como vía de la liberación nacional de los países no liberados, lo que constituye un absurdo teórico y un crimen práctico en los pueblos explotados de Asia, África y América Latina.

Tal vez una de las más graves confusiones haya sido la de sostener que todos los medios de lucha deben ejercitarse, pero sin aclarar cuál es el medio principal y cuales los auxiliares. Porque lo que no se aclaraba en los documentos, resultaba en cambio dolorosamente claro en el apoyo financiero y material, y así en Venezuela, mientras se volcaban todos los recursos para Ia lucha de masas en la ciudad, se dejaba prácticamente abandonadas a las columnas guerrilleras.

Pero las guerrillas han seguido desarrollándose, y al fracaso inicial de Perú, ha sucedido ahora la seria insurgencia boliviana. Estos hechos, calientes y contundentes, van aventando más y más las discusiones teóricas, y la ilusión sobre caminos electorales, que por otra parte, tuvieron su entierro definitivo en 1964, con el golpe gorila en Brasil y la derrota del FRAP en Chile.

En la América Latina de hoy, ya casi no tienen cabida los que desde la izquierda nieguen el camino de la revolución armada, o, mejor aún, ya no podrán ser considerados revolucionarios los que no apoyen decididamente a las guerrillas.

Dentro de la lucha armada, también se suscitaron en estos años grandes discusiones sobre las tácticas concretas: la insurrección urbana y el trabajo dentro de las fuerzas armadas, o la guerrilla rural, y en caso de que se acepten todas, cuál será la principal. También aquí la experiencia ha ido dando la solución. Mientras las guerrillas rurales, sin perjuicio de contrastes aislados, se iban afirmando, las insurrecciones urbanas acompañadas por sectores honestos del ejército, eran aplastadas una tras otra, en Carúpano, en Puerto Cabello, en las minas de Bolivia, y sobre todo en Santo Domingo, donde a pesar de haber tomado el poder, los insurgentes fueron desalojados por los paracaidistas yanquis, que hasta se permitieron vestir con una parodia electoral el fin del doloroso proceso.

En el plano ideológico, también la discusión ha dado sus frutos. Frente a quienes rebosantes de teoricismo, han creído que con proclamarse marxistas de tal o cual línea, imponían una superioridad sobre los demás, aparece hoy nítida y clara, la necesidad de buscar en la historia de nuestros pueblos, en la vida ejemplar de nuestros héroes latinoamericanos, en Bolívar, en Artigas, en San Martín, en O’Higgins, en Juárez, en Pancho Villa, en Tiradentes, en Martí, en Sandino, en Albizu Campos y en tantos otros, nuestra verdadera fuente de inspiración, sin perjuicio de conocer bien y aprender las teorías sociales y económicas que son la guía de nuestro tiempo. En el futuro no será necesario proclamarse marxista, sino simplemente sentirse patriota latinoamericano.

En América Latina, 1967, la palabra de orden es pues revolución armada por la vía guerrillera en las selvas y montañas del continente, reavivando en nuestros pueblos la llama de la independencia disminuida pero jamás apagada desde 1811 hasta nuestros días.

El Uruguay en la Revolución armada

En nuestro país se vive hoy, para decirlo con palabras del Che, un “equilibrio dictadura oligárquica-presión popular”, porque hasta ahora la situación geográfica negativa del país, rodeado por dos grandes colosos donde se han entronizado sendas dictaduras gorilas, no ha obligado a la democracia representativa a revelar a la luz del día su contenido de clase, es decir, donde la clase dominante ha evitado con éxito desenmascararse como dictadura de la violencia. La reforma de la Constitución reciente le ha dado forma jurídica a esa dictadura, fortaleciendo extraordinariamente los poderes del señor presidente en detrimento del Parlamento, pero manteniendo esa apariencia de legalidad. La presión popular, en lugar de violentar aquel equilibrio, sólo ha podido entrar en el juego (como dice Debray), favoreciéndose los equívocos en las clases dominadas, “disfrazando de victoria las soluciones de compromiso”. Y esto resulta muy claro en algunos de los más grandes y recientes conflictos gremiales.

Y aquí llegamos a una afirmación de Debray, que queremos comentar por extenso y que podría dar lugar a suponer que el Uruguay es una excepción dentro de la América Latina. Sabido es que incesantemente hemos sostenido que no somos una excepción, aunque los procesos lleguen hasta nuestras playas más lentamente que a otros lugares.

Ya al final de su trabajo, Debray dice:

“Sin lucha armada no hay vanguardia definida. Donde quiera que no haya lucha armada, existiendo condiciones para ello, es que aún no existe vanguardia política. (Ese no es el caso, por ejemplo, del Uruguay, donde no hay condiciones inmediatas de lucha armada, y existe un movimiento fuerte y combativo de masas).”

“Si no hay todavía vanguardia constituida en esos lugares, es que todas las organizaciones de izquierda tienen iguales títulos para postular este puesto.”

“Si todas pueden igualmente llegar a serlo, no sería acelerar la formación de esa vanguardia realmente representativa el mantener relaciones con una sola de ellas. El sectarismo en esas condiciones, más que ridículo, no tendría fundamento”.

Debray dice: el Uruguay no tiene condiciones inmediatas de lucha armada. Admite por lo tanto, que también el Uruguay deberá recorrer el camino de la lucha armada, aunque no lo haga ahora.

Nosotros sostenemos que, a pesar de nuestra especial situación, en algunos aspectos tan diferente a la de otros países, también el Uruguay puede participar desde ahora en esa lucha.

En un documento de la Junta Central del Movimiento Revolucionario Oriental, aprobado el 9 de julio de 1965, se examinó todo este tema, por lo cual bastará con actualizar aquellas ideas, que siguen siendo las mismas.

Si pensamos en un Uruguay aislado de los países vecinos, la afirmación de Debray es cierta. Si lo concebimos integrado en la lucha continental, en cambio, la lucha armada es posible a corto plazo.

En efecto, si entendemos que la revolución armada debe tener como táctica principal la lucha guerrillera rural, un Uruguay aislado tiene los siguientes problemas:

a) No tiene condiciones en el campo para abrir un foco guerrillero, porque no tiene grandes montañas, ni selvas, ni siquiera espesa vegetación, aparte de que la población rural es sólo el 12% del total, y Montevideo concentra la mitad de los habitantes del país. Una guerrilla rural en el Uruguay sería “achicharrada”, aun cuando la lucha social en algunos sectores, como los cañeros o los arroceros, pueda ser explosiva.

b) Una insurrección armada en Montevideo, suponiendo que se crearan las condiciones, y aun cuando contara con sectores de la oficialidad honesta de las fuerzas armadas, sería aplastada rápidamente, tome o no el poder, con paracaidistas brasileños, argentinos y eventualmente yanquis.

Estos dos grandes problemas han sido los límites, las vallas infranqueables, que se han opuesto en el Uruguay hasta ahora a las luchas en el campo como en la ciudad.

En el campo, las marchas cañeras organizadas por la U.T.A.A. desde Artigas a Montevideo, o la ocupación de la estancia de Farrapos en San Javier en 1951, fueron intentos de colocar la lucha en un plano superior a la mera lucha sindical, radicalizando los métodos por medio de la ocupación de tierras o de las centrales azucareras, o las consignas, al grito de Tierra para trabajar, y mostrando a la ciudad las miserias de nuestro interior. Sin embargo, hubo siempre una barrera infranqueable, que era la imposibilidad de iniciar la lucha armada, y por eso, al final debió regresarse en Bella Unión a los métodos habituales de la lucha sindical.

En la ciudad, nuestros trabajadores han ejercitado los más variados medios de lucha, las más grandes movilizaciones de masa, la ocupación de fábricas, los paros más unánimes, las huelgas de hambre colectivas. En los últimos años, se ha culminado la tarea de unir a prácticamente todos los trabajadores del país en una sola central, y la organización de masas llegó al máximo con el Congreso del Pueblo, al que sólo faltó integrarse el Sindicato de Consejeros de Gobierno. Y sin embargo, nunca sentimos estar cerca de la toma del poder, ni muchísimo menos, porque siempre existió esa valla insalvable de la situación geográfica negativa del Uruguay, rodeado de gorilas prontos a sofocar cualquier tentativa insurreccional en Montevideo.

La conclusión es pues, que en un Uruguay concebido aisladamente, no es posible por ahora la lucha armada, y hasta ahí, pero sola hasta ahí, estamos de acuerdo con Debray.

En cambio, el Uruguay y los uruguayos podemos desarrollar esa forma superior de lucha, integrados dentro del proceso continental.

El ejemplo está en nuestra propia historia. El Uruguay, que hasta 1827 sólo se concibió como parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata, al extremo de que la Declaratoria de la Florida, hecha por Lavalleja en 1825, proclamaba nuestra integración a aquellas, surgió luego como estado independiente por el Tratado preliminar de Paz de 1827, sin perjuicio de que nuestro desarrollo como nación, se perfiló ya desde el gobierno de la Banda Oriental de Artigas en 1815. Pero las condiciones geográficas del nuevo país, no cambiaron porque se proclamara independiente, y siempre siguió existiendo una enorme dependencia del Uruguay respecto de sus dos grandes vecinos en todas sus guerras civiles. Artigas, Lavalleja, Oribe, Timoteo Aparicio prepararon expediciones armadas desde territorio argentino. Rivera y Flores se apoyaron en los gobiernos brasileños. Aparicio Saravia participó en la Revolución Brasileña de las Farrapos en 1890.

La ilusión de que la lucha armada en el Uruguay es un capítulo definitivamente cerrado en los comienzos de este siglo, se desvanece rápidamente en este cono sur ocupado militarmente por los gorilas, que con soberbia proclaman que las fronteras no son geográficas, sino ideológicas. Fidel Castro les ha contestado desde el Hospital Lenin en Holguín, el 7 de noviembre de 1965, que tienen razón, que los pueblos recogerán el reto, y que las fronteras no serán ya más geográficas, sino ideológicas, y que Cuba recibirá a todos los revolucionarios honestos del mundo, aunque no sean cubanos, y en cambio, permitirá irse a todos los enemigos de la revolución, aunque hayan nacido en la patria de Martí.

Es que ninguna organización revolucionaria hoy, puede aceptar el concepto de las fronteras geográficas, impuestas por los imperios con el fin de dividir para reinar. Nada más absurdo que llamar extranjero a un uruguayo respecto de un argentino, a un boliviano de un paraguayo, a un colombiano de un venezolano. En este continente no hay más intervención extranjera que la de los yanquis, que dirigen nuestros ejércitos, nuestras policías, nuestros gobiernos. Y los hermanos venezolanos, peruanos, chilenos, uruguayos, brasileños, deben unirse en la lucha revolucionaria para expulsar para siempre a los gringos de nuestras tierras. La unidad de los gorilas comienza hoy a ser enfrentada con la unidad de los pueblos latinoamericanos, en el movimiento guerrillero continental. Y por eso mismo, resulta inconcebible que exista todavía en algunos partidos de izquierda latinoamericanos la concepción de que la lucha será país por país, en compartimentos estancos, donde para participar en las luchas de un país sea necesario obtener el consentimiento del partido hermano respectivo, aun cuando sepamos que la concepción de éste es equivocada, y contraria a la lucha armada. . .

La lucha guerrillera deberá desarrollarse en todos aquellos lugares del continente que por sus condiciones sean los más aptos, allí donde las famosas selvas y montañas latinoamericanas ofrezcan posibilidades más ciertas. Y allí, en el corazón del continente, se unirán en la lucha los patriotas de todos nuestros países, aprendiendo el arte de la guerra, conociendo a lo más pobre de nuestra América pobre y compartiendo sus penurias, forjando una hermandad que solo da la lucha y que será la base de la futura unión de repúblicas latinoamericanas.

Cuando Fidel Castro llegó en 1959 a Montevideo, el pueblo colocó en el Aeropuerto de Carrasco una leyenda: “Fidel es nuestro”.

Que es decir, Fidel es también de los uruguayos. Como son de los uruguayos el Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Luis De La Puente, Fabricio Ojeda, Camilo Torres, Argimiro Gabaldón, José Luis Massetti (sic), Ángel Bengochea, Luis Augusto Turcios Lima, Manuel Marulanda, hermanos todos de la gran patria latinoamericana, y mucho más uruguayos por cierto para nosotros, que el Gral. Aguerrondo o el Comisario Otero.

Por eso, nuestro Movimiento proclamó el año pasado a Fidel Castro como el Comandante en Jefe de la Revolución Latinoamericana. Y por eso el Che representa hoy a la columna gloriosa que ha salido del cuartel general a recorrer llanos y montañas para derrocar la dictadura gorila continental.

Y en esas luchas, los uruguayos también tenemos un lugar donde podemos colaborar física y materialmente con nuestros hermanos, pero donde estaremos las bases del destacamento armado de la revolución uruguaya. Esta táctica no sólo nos permitirá participar de un modo directo y mucho más activo en la lucha guerrillera, sino luchar para liberar alguno de los países vecinos, Brasil o Argentina, sin lo cual toda liberación uruguaya es imposible.

Desde luego que dentro de nuestra concepción, debe desterrarse tanto el cortoplacismo como el fatalismo logístico o geográfico.

Debe saberse bien que no hay posibilidad de victoria a corto plazo y que uno o varios lustros nos separarán de la meta una vez lanzada la lucha. Debe entenderse que aunque no tengamos vías terrestres de aprovisionamiento de armas desde países amigos, el verdadero arsenal revolucionario es el que se va formando en los combates con el enemigo, sin perjuicio de que recordemos una vez más el desembarco del ya legendario Granma, que como dijera Fidel, es el símbolo de una concepción táctica. Dentro de los futuros ejércitos de liberación latinoamericanos, habrá también una o más columnas de uruguayos, que algún día regresarán a la tierra oriental para hacer cumplir las leyes que en 1815 Artigas dictó y un ejército imperial, antecesor de los marines yanquis de hoy, impidió aplicar.

* Se refiere al artículo ¿Revolución en la Revolución?, que la revista América Latina publicó en este mismo número

Fuente: América Latina, Nº 1. Órgano del Comité Ejecutivo del Movimiento Revolucionario Oriental. Abril de 1967.

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Digitalizado por el CeDeMA (www.cedema.org). Abril de 2009

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