Movimiento Revolucionario Oriental

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Yo acuso

x Elena Lequio :: 21.04.08

Son las 23 horas de una noche calurosa de principios de enero de 1975, estoy aprontando el paquete para llevarle a mi compañero detenido en el Penal de Libertad como preso político; mis padres y mi hijo Marcelo están durmiendo, de repente la puerta de calle pareció estallar con fuertes golpes. ¡¡Abran!!, y seguían los golpes. ¿Quien es? Pregunté. Pero ya lo sabía, me venían a buscar las Fuerzas Conjuntas. Las estaba esperando desde que desaparecieron varios familiares jóvenes de presos políticos. Está detenida, me dijeron, tiene que venir con nosotros, ¡póngase esto! Era una capucha mugrienta, maloliente, que anula, aísla, ahoga y tortura.

Me hicieron subir a una camioneta, había otros detenidos, ¿quiénes serán – pensé?. Mi mente iba a mil por hora, sentí una mano amiga que intentaba comunicarse por medio de señas de letras en mi brazo, ¡era la Peti!
Mientras la camioneta arrancaba lentamente, nos topamos de frente con una caravana que festejaba con gritos y bocinazos que el cuadro de básquetbol del barrio había salido campeón. Nos hicieron tirar al piso de la camioneta para que no nos vieran, pensé, ¡si supieran! Hoy aunque han pasado mas de veinte años, recuerdo lo que sentí en esos momentos, sentí rabia, impotencia, dolor, ante tanta violencia, prepotencia e injusticia encerrados en una pequeña camioneta y cuánta alegría afuera, solo por un campeonato. Contradicciones de una cruel y cruenta dictadura.
Seguimos nuestra marcha en silencio total, ellos no hablaban, a nosotros nos lo prohibían, casi pegada a mi nuca empecé a sentir una fuerte respiración agitada; la petiza desesperada seguía intentando comunicarse con señas en mi brazo, ¡No te muevas, es un PERRO!,¡Te puede atacar! Inmóviles, encapuchadas y después de mas de media hora de viaje que pareció medio siglo, llegamos a nuestro lugar de destino, un cuartel, (Artillería 1 “La Paloma” en el Cerro), que sería por casi un año el lugar donde tendríamos que sobrevivir.
Nos hicieron bajar, con el tiempo supe que en la camioneta estaba Peto, un querido amigo. La petiza y Peto fueron salvajemente torturados, al extremo que Peto se tenía que arrastrar por el piso para ir al baño, al no poder pararse de tantas patadas en los testículos. Nuestro delito, SER JÓVENES, FAMILIARES DE PRESOS POLÍTICOS, y ser DE IZQUIERDA. Peligrosos, muy peligrosos.
El cuartel, por aquella época, estaba abarrotado de presos, detenidos en represalia por la muerte del Coronel Trabal en Francia, a fines de diciembre de 1974. Nos hicieron subir por una escalera, era aproximadamente media noche, inmediatamente me invadió un fuerte olor a orines y materias fecales todo mezclado.
¡Repugnante! Como las celdas estaban todas ocupadas nos dejaron de plantón a tres en el pasillo y a dos en otro enfrente. ¡No se muevan ni hablen!, nos dijo el guardia. En el silencio de la noche solo se escuchaban, afuera los grillos, adentro, respiraciones temerosas y quejidos.
A las 7 de la mañana, y después de permanecer inmóvil y parada por mas de seis horas, me hicieron bajar la escalera, pensé –estoy frita– era exactamente debajo de los calabozos en que estábamos detenidos, la SALA DE TORTURAS. Me hicieron sacar la capucha, por primera vez, en muchas horas, estaba en un recinto grande, cuadrado, con poca luz; miré a mi alrededor, con miedo de no poder captar todo para poder transmitir lo que allí había. Como una gran contradicción, en una de las paredes una foto del Comandante “Che” Guevara, respiré hondo, por lo menos, un compañero, no estaba sola.
Estaban en ese recinto todas las “herramientas de trabajo” de los oficiales, “EL TACHO”, un mugriento medio tanque lleno de agua podrida y orines con sus bordes forrados de arpillera, otra contradicción, ¿para que los torturados no se lastimaran con el borde cuando le hacían el submarino? El “CABALLO DE MADERA”, un caballete de madera de mas de un metro de altura, con una viga de diez centímetros de ancho, filosa en sus bordes, con otra viga clavada en un extremo, “el cuello”, donde había en la parte superior una cuerda para atarle las manos al torturado, inmovilizándolo. Este sistema de tortura le provoca a la víctima graves desgarramientos en las ingles después de estar sentado desnudo en “el caballo” por varias horas. “LA PICANA”, un aparato con dos cables y en sus extremos dos polos conectados a la corriente eléctrica, lo tenían sobre una mesa que estaba a su vez dentro de una construcción o pequeña habitación dentro de ese recinto, en una de sus paredes tenía una abertura de aproximadamente un metro y medio de ancho con un tejido de malla de plástico, detrás de ella se sentaban los oficiales para practicar el interrogatorio. Dentro, una silla, la mesa, la picana y en la pared encima del tejido tres focos de auto, ¡para verte mejor!
Volví al pasillo después de varias horas, había transcurrido mucho tiempo, no recuerdo cuánto, el sueño me vencía, de repente alguien me pateó y me dijo ¡Parate!, así que vos sos la mujer del “comandante”. ¿Sabés porqué no te torturé anoche? Porque me fui enfermo de tanto que torturé a tus amigos.
¿Quién es este loco? Pensé. ¡Sacate la capucha y mirame! Tenía ante mi, a un oficial al que nunca había visto, de estatura mediana, enjuto, cabello castaño, ojos marrones chicos, duros, sin alma, no le tuve miedo nunca; tenía ante mi, al hoy Coronel de Artillería Jorge Silveira, alias “Chimichurri”, alias “Pajarito”, responsable junto al hoy retirado Coronel Gavazzo y otros oficiales del cuartel del centro de torturas que allí existía.
Este oficial acusado de torturar a cientos de uruguayos, es nombrado para ocupar un puesto de confianza en el Estado Mayor Personal del Comandante en Jefe del Ejército. Varias noches, ese hombre concurría a mi calabozo, tratando de convencerme de que era un “amigo”, el hablaba, yo escuchaba y lo observaba; esto me permitió ver un ser traumado, lleno de complejos y de odio, violento con el débil en el afán de demostrar su poder. Este oficial que justificaba su tortura, invocando como tantos otros defender a su patria, a la de Artigas, no hacía otra cosa que transformarla en una gran cárcel, donde todos los derechos estaban conculcados, todo lo contrario de lo que hizo Artigas.
A su lado un equipo de esquizofrénicos “los especiales”, soldados entrenados para torturar y reprimir a los detenidos, que dependían del S2 (Inteligencia Militar).
En casi un año de detención arbitraria podía contar miles de detenciones y anécdotas terribles y otras no tanto, otras de solidaridad, de compañerismo, de valentía, de heroísmo, de luchas a brazo partido por la vida y la conciencia, defendiendo ideas, de fraternidad de compañeros de alma y adversidad, con algunos ni siquiera nos conocíamos; hoy, los recuerdo a todos con mucho cariño: Peti, Ale, el Gordo Carlitos, La Maestra, Bigote, Hepatítico; Jorge, El Soldado, El Profe, La Enferma, El Viejo, Mario el albañil, Cabecita, Raba, El Sindicalista, Víctor y todos los compañeros que traían al cuartel para torturar.
En abril vivimos una situación muy particular, querían saber donde estaba escondida la bandera de los 33 Orientales, el cuartel se llenó de detenidos que fueron salvajemente torturados, cuando nos llevaban al baño de la enfermería pudimos ver compañeras jóvenes, desnudas y tapadas solamente con frazadas duras de sangre seca.
Hubo otros casos como los de:
Víctor, a quien en la tortura, le volcaron un frasco de ácido en los testículos y lo sacaron del cuartel semi-muerto, donde los propios soldados se manifestaban asombrados de que volviera vivo y recuperado, eso sí, te recuperaban para volverte a torturar.
El Gordo Carlitos, cinco días consecutivos en la tortura y no dijo nada, no pudieron con él, pero lo hicieron rebajar a prepo como cincuenta kilos, se le caía el pantalón., Mario, el albañil, que un día me dijo con ojos llenos de lágrimas,, Elena, no pude aguantar la tortura mas que tres días, pobre Mario, murió de cáncer al páncreas a raíz de las torturas, según los médicos.
Todos los compañeros que traían del Penal de Libertad, ya procesados, para volver a torturar, puestos de a dos en un calabozo de un metro de ancho por dos de largo, durante varios días, tenían que turnarse, mientras uno estaba parado, el otro se sentaba y dormía. ¡Que forma tan sutil de tortura!
A este personaje, el Coronel Silveira, responsable de todo esto y mucho más. Agente del Imperialismo. Agente de la Oligarquía. Agente del Horror, torturador de mujeres y hombres de su patria; uno de los principales responsables de las desapariciones de mujeres, hombres y niños uruguayos en la Argentina.
AHORA, YO ACUSO.

Nota: Los sobrenombres son para salvaguardar a los compañeros.

“El Municipal” Abril 1998


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