FARO Documento 1 - Las clases sociales en A. Latina


2 - LA PRACTICA

E – LAS CLASES SOCIALES

En ningún análisis científico de la realidad política de un continente o de un país, puede faltar un estudio sobre sus clases sociales, para poder caracterizar adecuadamente la dirección que de debe dar al trabajo político.
Sin embargo, dicho estudio es el más difícil de todos, pues requiere una sólida formación ideológica. La mejor prueba de esas dificultades, es que incluso entre quienes poseen una ideología clara, existen todavía profundas diferencias en el análisis de las clases. Los estudios de Marx, de Engels y de Lenin fueron hechos para sus propias realidades concretas de finales y principios de siglo, y aplicables en particular al continente europeo, con un desarrollo económico mucho mayor y en mucho sentidos diferentes del de América Latina o de los países del Tercer Mundo.
El acierto de los investigadores políticos y sociales dependerá de la justeza con que sean capaces de combinar los principios científicos del análisis marxista, aplicables a todo tiempo y lugar, con las modalidades específicas del país o región analizados.
La tarea presenta todavía otras dificultades adicionales, derivadas de la política reformista que el propio capitalismo se vio obligado a practicar para poder sobrevivir, desde el siglo pasado hasta la época actual. El reformismo burgués generó profundas diferencias dentro de las propias clase sociales dando a la creación de distintas capas altas, medias y baja, al acentuar la explotación de la ciudad sobre el campo, del trabajo intelectual sobre el manual, del hombre sobre la mujer, de la metrópoli imperial sobre las colonias o neocolonias, así como las diferencias de los trabajadores activos sobre pasivos.
Para intentar penetrar dentro de toda esta maraña de relaciones sociales, es ante todo imprescindible fijar bien los conceptos generales, antes de entrar al análisis particular.
Las clases sociales se definen por la ubicación que cada uno tenga en la producción (según sea o no poseedor de los medios de producción) y en el trabajo (según sea empleador o asalariado).
Las capas sociales se definen según la riqueza de cada uno, en capas altas, medias o bajas.
La teoría marxista-leninista enseña que solo es posible realizar la revolución y tomar el poder para la moría proletaria, cuando se logra la alianza de la clase obrera con los campesinos, a los que deben agregarse los pequeños burgueses urbanos (estudiantes e intelectualidad patriótica).
Los obreros y campesinos no forman una sola clase, porque si bien los une la contradicción fundamental de su enfrentamiento contra un enemigo común, representando por la oligarquía y el imperialismo, tienen sin embargo algunas contradicciones secundarias entre ellos, que son: a) el campesino quiere aumentar los precios de su producción mientras que el obrero quiere impedirlo b) el campesino tiene la propiedad o la posesión de un modo de producción y el obrero no, c) el campesino contrata asalariados y siendo explotado por el latifundista, es a su vez empleador.
Por estas razones, los obreros y los campesinos no constituyen una misma clase, sino dos clases bien diferenciadas, aunque ambas son explotadas por la oligarquía y el imperialismo.
A la distinción entre una clase y otra, hoy es fundamental agregar, en la cada vez más compleja maraña de relaciones económicas del capitalismo, la distinción entre las capas sociales pertenecientes a una misma clase social.
Así, dentro de la clase obrera existen las llamadas aristocracia sobreras, cuyos ejemplos más claros lo constituyen los trabajadores de algunas empresas yanquis en América Latina, que perciben salarios superiores a los del resto de los obreros.
Así, en el campo debe distinguirse el latifundista feudal y aún esclavista en zonas de nuestro propio continente, del productor rural de tipo capitalista, o del pequeño o mediano campesino, y dentro de éstos a su vez, según sean propietarios, arrendatarios o aparceros. La aparcería o medianería tan común en el Uruguay es una forma feudal de explotación. Todos ellos deben distinguirse además del asalariado rural, cuyos intereses coinciden en un todo con los de la clase obrera de la ciudad.
Así, en la burguesía debe distinguirse la alta burguesía, dentro de la cual está la entreguista o conciliadora, de la burguesía media, en la cual a su vez se encuentra la pequeña burguesía urbana, que cumple un papel muy importante en el movimiento estudiantil y en la intelectualidad.
Por todo esto, corresponde analizar estos principios generales, a la luz de las realidades concretas del continente latinoamericano y del Uruguay.

I) Las clases sociales en América Latina

La realidad actual de los estudios sobre este tema, sigue siendo profundamente polémica, pero a la vez, de una gran riqueza conceptual, y son numerosos los autores que han hecho importantes aportes.
Por la propia índole de este trabajo, no nos podemos extender sobre el tema, de modo que nos limitaremos a sintetizar algunas de las principales conclusiones a que llegan algunos estudios, con la reserva expresa de que el punto no ha sido agotado y sigue estando abierto a la discusión.
La Conferencia de la OLAS hizo en 1967 el mayor aporte, destruyendo viejos esquemas y modelos y poniendo al día las nuevas realidades del continente. Faltaba sin embargo una sistematización de sus conclusiones, las que posteriormente se realizó en un trabajo de Sergio Benvenuto, historiador uruguayo, radicado en La Habana, que se publicó en la Revista Tricontinental N. 9, con el título: “¿Evolución, Maltusianismo o revolución?”. En líneas generales, nosotros compartimos los fundamentos y las conclusiones del trabajo de Benvenuto, en su aplicación a la realidad del continente latinoamericano, por lo cual haremos una síntesis del mismo.
Benvenuto sostiene que el análisis de la estructura de clases de América Latina solo se ha hecho fragmentariamente, y es de segunda mano, conforme a modelos, que constituyen una simplificación dogmática y un trasplante mecánico de algo ajeno a la realidad latinoamericana, donde se ajustan los perfiles de la realidad al modelo, podando todo lo que sobresale, rellenando lo que falta, y que nos “explica” por lo que son otros, por lo que no somos, a la euronorteamericana.
Existen, según Benvenuto, cuatro hipótesis diferentes sobre la evolución histórica de América Latina, sobre sus clases sociales, a saber.
a)el reformismo burgués. Esta hipótesis se sintetiza en particular en las teorías desarrollistas burguesas de la CEPAL, y coincide objetivamente con las del propio imperialismo. Supone el tránsito actual de la estructura semifeudal dominada por el imperialismo, hacia el capitalismo nacional.
La mitad no feudal de la estructura social sería ya, germinalmente capitalista. A. Latina estaría, como se dice ahora, “en vías de desarrollo”. La liquidación del latifundio y la ampliación del mercado interno serían la base para lograr una industrialización, y ese desarrollo, sería compartido con el imperialismo, que sería un mal necesario. Es un pensamiento evolucionista, desarrollista, conciliador y no revolucionario.
Economía y problemas nacionales sí, pero clases no, y política tampoco. Imperialismo menos aún, colonialismo y neocolonialismo también brillan por su ausencia. Revolución, ni hablar.
Los estudios de la CEPAL, se iniciaron en 1948 con un tono optimista y esperanzado, y se nutrían del humo y las cenizas de la industria europea, que había dejado un vacío transitorio. Pero al cabo de veinte años, el tono cambió y el acento de lamentación jeremíaca va tomando el lugar del optimismo “ilustrado” inicial, pues la comprobación inocultable es que ese deseado capitalismo nacional es cada vez más imposible. Condena como culpable al latifundio, pecador impenitente, pero luego se encuentra con el capital extranjero imperial se une a aquel en matrimonio indisoluble, y lo va devorando todo. El mínimo crecimiento absoluto de la producción y de la población va configurando un retroceso relativo pavoroso, que ya no es brecha, sino abismo de separación con los países desarrollados.
La involución social se pretende expresar en términos teóricos de progreso, que llevan a una delirante esquizofrenia científica, done el rigor y la pulcritud del detalle estadístico se combinan con la aberración global. Se postula una tesis para luego ir demostrando, paso a paso, cómo no se cumple, sin siquiera advertirlo.
b) el revisionismo marxista. El análisis de las clases pertenece a la ideología y no a la política, por lo cual corresponde denominar a esta corriente revisionismo y no reformismo. Acá no estamos hablando de la táctica política, que puede ser reformista o revolucionaria, sino de la teoría ideológica, que puede ser revisionista o revolucionaria.
Los partidos comunistas tradicionales de América Latina han creado por su parte, su propio modelo de evolución, en el cual la burguesía nacional sería la fuerza dirigente del tránsito anterior, necesariamente aliada con la clase obrera organizada, pero iría gradualmente dejando a ésta el control, viéndose superada por ella, hasta que operando desde las ciudades industrializadas y aliada con el campesinado, la clase obrera tomaría el poder. Agregamos nosotros que hoy se habla incluso desde estas posiciones, de una vía no capitalista de desarrollo que no sería el socialismo, que se adecua muy ajustadamente a la política soviética de prestar asistencia técnica y financiera a los gobiernos del continente, en una política de sustitución gradual del imperialismo, llenando los vacíos que éste, que va dejando
Esta interpretación revisionista de la estructura de clases latinoamericana ha fracasado, al igual que lo hicieron los historiadores y sociólogos burgueses. Las razones de su fracaso han sido dos: a) por el dogmatismo de la época estalinista, que creyó “teledirigir” no solo la estrategia del marxismo en el mundo, sino hasta su propio proceso de arraigo a través del autoconocimiento histórico local y nacional.
Por la ignorancia de nuestra propia realidad, en la apenas naciente ciencia social latinoamericana de hace treinta años.
Esto se tradujo en la absurda tendencia de embutir la evolución histórica propia en los marcos de modelo inadecuado uniformando abstracta y vanamente, la historia real, lo que llevó a esperar la revolución por donde ella no vendrá, sin comprender la que estamos viviendo. Esa uniformidad de pensamiento atroz ahogó líneas de desarrollo tan formidables como lo que representa, en nuestra América, José Carlos Mariátegui.
Por eso esta teoría no tuvo nunca nada que ver con el último ejemplo de socialismo latinoamericano: Cuba, donde el tránsito fue del colonialismo al socialismo por la vía de la guerra revolucionaria.
La consecuencia fue la adulteración de la realidad, por lo menos en cuatro niveles superpuestos:
a) deformación del modelo europeo original
b) trasplante
c) “ajuste”
d) confusión de modelo y realidad
c) el maltusianismo imperialista: no es en rigor una hipótesis, sino la siniestra teoría del exterminio, aplicada en Vietnam, en los ghettos negros y ahora en A. Latina. El afán de conservar el sistema toca fondo: hay que esterilizar, planificar y disminuir los nacimientos o exterminar los excedentes. Es la más reciente política del imperio.
d) La revolución continental: Es la teoría de la OLAS. Postula el transito revolucionario directo del neocolonialismo a la revolución social, pasando por la insurrección local y expansiva.
Para el desarrollo capitalista, esto es anticientífico, lo que no debe importarnos, porque no es la ciencia, sino la voluntad de los hombres, lo que hace la historia.
Para el revisionismo marxista esto es herejía, lo que tampoco debe preocuparnos, porque mirada desde un dogma, toda verdad siempre lo parece.
Benvenuto se inclina decididamente por esta última hipótesis y pasa entonces a hacer un lúcido análisis de las clases sociales en América Latina.
El modelo capitalista, dice Benvenuto, no se realiza en América latina de modo pleno, ni mucho menos, porque no es autóctono, sino impuesto, y conserva afuera su centro de gravitación. El sistema es colonial y por eso no existe capital nacional propiamente industrial. La nuestra es una estructura original que escapa a los modelos clásicos y funciona desde el siglo XVI. Un sistema montado para exportar los excedentes y que por eso mismo, no los puede acumular.
Desde Isabel, la Católica hasta la reforma agraria boliviana se ha implantado mil veces por decreto el salario rural, y sin embargo, a lo más que se ha llegado, es de sustituir la servidumbre con la esclavitud por deudas disfrazada. El capitalismo mundial no engendra, sino que impide nuestro desarrollo capitalista nacional. Hace medio milenio que estamos esperando en vano el desarrollo. Ya es hora de comprender que no se producirá jamás.
Por lo tanto no se podrá transformar de verdad esta estructura social latinoamericana, sin dinamitar antes la estructura del sistema colonial en su conjunto. Solo Cuba ha suspendido esas leyes económicas para siempre…
De esta caracterización surgen importantes conclusiones respecto de las diversas clases sociales, a saber:
a) la burguesía nacional de hecho casi no existe. Hablar de ella, significa bien idealizar una minúscula capa de pequeños capitalistas, cuya impotencia histórica es absoluta, o bien, contrabandear en su seno a los representantes de los monopolios, directa o in directamente.
Y resulta una burda tergiversación denominar burguesía a individuos que jurídicamente y en forma nominal “poseen” títulos de propiedad sobre medios de producción importantes, pero que económica, tecnológica y políticamente son simples agentes subordinados al imperialismo, la tal burguesía nacional no es otra cosa que una camarilla de agentes del imperialismo.
Lejos de haber dualismo de intereses conciliables entre la burguesía y el imperialismo, lo que hay es complementación, pues en toda nuestra historia ambos grupos son, en el fondo, una sola y misma clase, o en todo caso, clases siamesas. No solo no es nacional, sino que en propiedad, no es tampoco burguesía, sino la burocracia disimulada de otra burguesía distante, supranacional, imperialista.
b) La clase obrera solo es en América una minoría ínfima, y no aumenta. No obstante, una experiencia como la de los mineros bolivianos, sobre todo en 1952, obliga a pensar que no es imposible que un sector proletario de la clase obrera pueda encabezar una revolución. Pero no es seguro, ni probable siquiera. En todo caso sí, es seguro que no lo podrá hacer al amparo de una alianza con la supuesta burguesía nacional, ni con el ala reformista obrera aristocratizada.
El obrero metropolitano aristocratizado, y su colega neocolonial, no es propietario de los medios de producción, no es pequeño burgués en cuanto a la propiedad, pero posee medios de vida confortables y seguros. No tiene la forma, pero sí la finalidad de la vida pequeño burguesa estabilizada.
c) la clase campesina en cambio, ubicada en el otro platillo de la balanza del sistema, mayoritaria en el continente, se empobrece y proletariza en el campo, y son expulsados de allí, es para convertirse en el subproletariado en los arrabales urbanos, pudriéndose en vida, sin destino productivo alguno. No posee medios de subsistencias reales, aunque disponga del título de propiedad de sus pequeños medios de producción, que además, casi nunca tiene. Y mientras no se le conduzca en una correcta dirección revolucionaria, su vertiente natural será la explosión anárquica y sin plan: la rebelión campesina, que es a la larga, la perspectiva del exterminio en masa, la alternativa espontánea del malthusianismo.
d) La pequeña burguesía urbana está constituida por los estratos bajos de la burguesía, más atrasados tecnológica y económicamente, a los que debe agregarse la pequeña burguesía comercial, artesanal y de servicios, que se entrelazan con la amplísima burocracia estatal, así como con los profesionales.
Son un sector mucho más nacional que la seudoburguesía y reemplazan de hecho o en aspiración, por lo menos, a la burguesía nacional. La pequeña burguesía sufre la opresión a que la somete la seudo burguesía nativa, clase dominante y dominada a la vez, desarrollando en ella el nacionalismo. La crisis general del sistema además la proletariza, aunque sin hacerla perder la función ni el cuello ni la corbata. Provee de cuadros neocoloniales a los gobiernos oligárquicos, pero también provee de cuadros al movimiento revolucionario, abasteciéndolo de inteligencias cultivadas.
e) Los intelectuales y estudiantes provienen en su inmensa mayoría de la pequeño burguesía. Dentro de los primeros hay quienes se tornan desclasados permanentes o bien se tornan radicales y eventualmente revolucionarios. Los estudiantes por su parte, son un grupo de por sí, desclasado, aunque transitoriamente, o mejor expresado, constituyen un sector social individualmente inestable pero socialmente continuo y a la vez, permanentemente renovado. La inexorabilidad del sistema hace que el idealismo estudiantil se torne en la mayoría de los casos y al cabo de unos años, en el crudo y cínico utilitarismo del profesional pequeño burgués acomodado, sin perjuicio que en muchos casos, también pueda ser canalizado hacia la acción y organización revolucionaria efectiva.
Benvenuto concluye destacando que toda la historia de A. Latina atestigua que el polo revolucionario más activo ha estado siempre del lado campesino, desde Tupac Amaru a Zapata, y de ésta a la Revolución Cubana. La base de operaciones estuvo en el campo, aunque la dirigencia vino una y otra vez de las ciudades.
El creciente subdesarrollo capitalista nacional ha signado que el polo urbano pierda importancia relativa, mientras que el aumento de la sobreexplotación rural desplaza hacia allí y de rebote al circuito suburbano, subproletariado campesino, el polo crítico de la revolución.
No debe confundirse la intrínseca capacidad dirigente e ideológica de una clase, o la incapacidad de otra, con su capacidad de acción revolucionaria.
En A. Latina se da la paradoja de que las clases que teóricamente están mejor equipadas para dirigir la revolución, los obreros urbanos, no son las que prácticamente están en mejores condiciones o mayor disposición de hacerlo. Inversamente, aquellas clases que muestren mayor tendencia a marchar a las vías de hecho, hacia la insurrección, como los campesinos, no son las que de modo natural poseen una ideología definida y proclive al socialismo, ni una fácil comprensión de la necesidad de táctica, estrategia y organización adecuadas.
Para nosotros, el trabajo de Benvenuto realiza, aportes de importancia al estudio de las clases, y el más importante de todos, es el que muestra que en nuestra estructura neocolonial, la oligarquía y el imperialismo constituyen una sola clase social, la clase dominante neocolonial, integrada, entrelazada y unidad económica, política y socialmente, con el imperialismo.
En el sistema colonial, el imperialismo dirige todo, tanto la política como la economía, con sus propios representantes, sus virreyes y gerentes, en el sistema neocolonial la esencia no cambia, pero la metrópoli confía el poder político a la clase dominante nativa, con un mínimo de garantía de que podrá conservarlo con su ayuda, en concordancia con sus propios intereses. Este sistema que tanto éxito tuvo en gran parte de los países africanos, es hoy el que se está aplicando en casi toda A. Latina. Por eso, colonia y neocolonia no son sino la misma cosa, donde lo único que cambia es la nacionalidad de los administradores.
Recomendamos muy especialmente ver sobre este tema, el trabajo del mexicano Carlos Romeo: “Las clases sociales en América Latina” publicado en la Revista Pensamiento Crítico N. 16, y reproducido en la colección Aportes (Cuadernos de información política y económica), N. 1, distribuida por TAURO SRL. Es una pequeña obra de una notable claridad expositiva, donde los temas de las clases campesinas y de las poblaciones marginales están insuperablemente tratados. En el mismo número de la Colección Aportes existen dos trabajos mas, también de gran interés: “La estructura de clases en América Latina” de André Gunder Frank, y “La clase obrera en América Latina” de Joan Davies y Sha kuntala de Miranda, también reproducidos de Pensamiento Crítico. Por último, también debe consultarse el N. 3 de la Colección Documentos, de la Editorial Patria Grande, dirigida por Carlos Machado sobre “Las clases sociales en América Latina”, con múltiples textos, de ideólogos y políticos latinoamericanos.

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