FARO Documento 1 - Historia del Uruguay


2 - PRACTICA

A – Historia del Uruguay

“Nuestra misión: Cumplir con Artigas”

En el ideario y en el ejemplo de José Artigas hunde sus raíces más profundas la lucha actual del pueblo uruguayo. Las tareas de hoy son las que Artigas propuso y efímeramente intentó aplicar en 1815.
Han transcurrido 150 años, y las ideas de Artigas siguen incumplidas. Los enemigos del Protector de los Pueblos Libres, de dentro y de fuera, que lo traicionaron y expulsaron en 1820, aún siguen gobernando en este Uruguay que sucedió a la Banda Oriental, y son nuestros enemigos de hoy. El pueblo que acompañó al Jefe de los Orientales en la Redota, a la que a fines de siglo los historiadores denominaron el Éxodo, es el pueblo pobre y trabajador de hoy, que sigue esperando su emancipación.
El mensaje de Artigas, contenido en tres de sus pensamientos memorables, nos acerca al camino de la liberación, por medio de la revolución agraria antilatifundista, oriental antiimperialista y defendida por el pueblo con las armas, si fuera necesario.
La Revolución Agraria antilatifundista es la de su “Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el fomento de su campaña”, del 10 de setiembre de 1815. Por él se dispone que “los negros libres, los zambos, los indios y los criollos pobres, sean agraciados con suertes de estancia”, con prevención de que “los más infelices sean los mas privilegiados”.
La revolución oriental antiimperialista, es decir patriótica y nacional, de la Banda Oriental del Río Uruguay, defendida frente a todos los imperios de la tierra, es la que proclama su frase inmortal: “No venderé el rico patrimonio de los orientales al bajo precio de la necesidad”.
La revolución defendida por las armas, se define en el artículo 17 de las Instrucciones del Año XIII, el que paradojalmente, para los tiempos que corren, está inspirado en la segunda enmienda de la Constitución norteamericana. En él se afirma el derecho de la nación de “reglar la milicia para la seguridad de su libertad, por lo que no podrá violarse el derecho de los pueblos para guardar y tener armas”
Artigas perdió su batalla frente a la oligarquías y los imperios, ni una ni diez leyendas negras, ni uno ni diez historiadores comprometidos y obsecuentes de hoy, han podido vencer a sus ideas, que son invencibles, porque son las idea de los pueblos.
El pensamiento del único, del verdadero Artigas, es el que hoy preside nuestro derrotero y nos convoca a la lucha.
El siglo pasado
Desde el gobierno de la Banda Oriental de 1815 hasta hoy, la patria ha sido permanentemente saqueada por los franceses o ingleses primero y por los norteamericanos después, quienes con máscaras diversas, sustituyeron a españoles y portugueses.
Los que traicionaron a Artigas y recibieron bajo palio a los lusitanos, han administrado el país durante este siglo y medio, y mas allá de las palabras huecas, de la falsas vocaciones a la democracia o de las buenas intenciones una y otra vez desmentidas, una oligarquía sutil pero implacable ha gobernado en su exclusivo provecho, mientras un pueblo entero gozaba de los bienes mas aparentes que reales, de un progreso manuscrito y pedantesco.
El cónsul norteamericano Forbes, en 1826, decía con crudeza: “se trata de erigir un gobierno independiente y neutral en la Banda Oriental, bajo la garantía de Gran Bretaña…, es decir, sólo se trata de crear una colonia disfrazada”.
Y el primer ministro francés Thiers sentenciaba en 1838: “debemos mantener a cualquier precio nuestra colonia de Montevideo”
Las masas populares, conducidas al comienzo por los caudillos artiguistas Lavalleja, Rivera y Oribe, ven sin embargo frustrados sus anhelos y son mediatizadas por los doctores y comerciantes de la capital vinculados a los ingleses y franceses.
La oposición entre los doctores y los caudillos, entre la ciudad y la campaña, expresan el enfrentamiento entre las masas populares y la oligarquía de los patricios, y la lucha de clases se reaviva en el escenario de la flamante nación uruguaya.
Los caudillos del siglo pasado, carecen de la visión y del genio de Artigas, y sucumben arrastrando con ellos al pueblo, entre las mallas de la oligarquía. Nadie osaría, sin embargo, discutirles su representatividad y su cuño popular.
Los falsos dilemas de civilización o barbarie, de democracia o dictadura, hábilmente manejados por los poderosos, han confundido en toda la historia a nuestro pueblo.
De las ruinas humeantes de la Guerra Grande surgen los dos partidos llamados tradicionales. Los riveristas, que adoptan la divisa colorada, pasan a ser los representantes de la ciudad, abiertas al influjo extranjero, y símbolos de la civilización. Los oribistas, de divisa blanca, que seguirán denominados los blancos, aunque los doctores le cambien en 1872 el nombre por el de Partido Nacional, son los representantes de la campaña, con un claro, acento nacionalista.
Sin embargo, la división de los uruguayos entre blancos y colorados, nunca adquirió categoría de separación ideológica y doctrinaria, y unas y otras clases sociales estuvieron siempre representadas en ambos partidos, que en sus distintas fracciones y tendencias han mantenido las mas increíbles contradicciones internas.
Fueron las muertes y desdichas de al guerras, y no las ideas o la caracterización de clases, las que dotaron a ambas divisas de sus cargas de pasión y odio.

El batllismo
A comienzos de este siglo, el Uruguay hace un tímido intento por dar algunas respuestas a los anhelos del pueblo, con los gobiernos de José Batlle y Ordóñez, representante aquí, como Irigoyen en la Argentina, de aquella masa de inmigrantes que en la segunda mitad del siglo pasado hizo aumentar la población en ocho veces. Será el líder de un Uruguay diferente nada mas en apariencia.
Las ideas de Batlle eran reformistas pero no revolucionarias, y por eso, desarrolló un capitalismo de estado, pero no modificó la estructura, y por eso también, no hizo una revolución y no cambió, de verdad, al Uruguay.
En una época en que el movimiento obrero era incipiente y estaba orientado ideológicamente por el anarquismo, que sostenía la abstención electoral, Batlle organizó dentro de la corriente tradicional del Partido Colorado una fuerza política que dio respuesta a algunos problemas de la época.
Batlle muere cuando ya su programa estaba agotado. El crecimiento demográfico y el estancamiento de la riqueza agraria lo volverán inservible.
Las empresas nacionalizadas pasan poco a poco a ser dominadas por los intereses monopolistas que dirigen el resto de la actividad económica. Estos poderosos particulares utilizan a los entes estatales para obtener todo tipo de rebajas, dejándole al Estado la prestación de servicios públicos que exigen grandes inversiones y dan pocas ganancias, mientras que como contrapartida, los organismos nacionalizados o municipalizados se comportan como si fueran empresas privadas, descargando sobre la población todo el peso de sus tarifas, aumentadas sin cesar.
Esto sucedió porque ningún país puede progresar mas allá de lo que le permite el sector de menor productividad, de menor rendimiento, sea el agrario o el industrial. En el Uruguay, el estancamiento agrario o el industrial. En el Uruguay, el estancamiento agrario, el latifundio intocado o intocable, que se reparte con el capital extranjero el sudor de los trabajadores, pasó a predominar sobre el estado empresista, y mientras dejaba a los políticos blancos y colorados su rompecabezas parlamentario y colegiado, colocaba sus hombres en los entes autónomos claves, comenzando por el Banco de la República.
A consecuencia de este fenómeno, el capital de la banca privada, que en 1940 era tres veces menor que el banco de la República, en 1960 pasó a ser tres veces mayor.
La riqueza ganadera uruguaya de 1908 hasta acá, bajó en cifras absolutas, mientras la población iba en aumento, y eso da idea acabada de nuestro estancamiento. En el otro extremo, los grandes propietarios rurales explotan a los trabajadores, uniendo a los resabios feudales, la peores formas de capitalismo, en los bajos salarios, en el retaceo de la alimentación y la vivienda, en el contrato de aparcería o medianería, en el pago de bonos.
La incipiente y mendicante industria de bienes de consumo de la ciudad, y el trabajo mal retribuido de pequeños comerciantes y artesanos, agravaban en los núcleos urbanos, los males crónicos del capitalismo; la carestía y el desempleo.
La carestía se fue transformando cada vez con mayor fuerza en el mas grave mal de la sociedad, hasta alcanzar en los últimos años el carácter de una inflación devoradora.
Sin embargo, a pesar de todo esto, el batllismo tuvo aliento para sobrevivir en el gobierno hasta treinta años después de muerto Batlle, gracias al oxígeno que significaba para el Uruguay la segunda guerra mundial y el conflicto de Corea, que permitieron vender a buen precio nuestras materias primas, hicieron nacer unas pocas industrias ligeras y permitieron acumular algunas divisas extranjeras.
Esta prosperidad relativa carecía desde luego de una base firme. No había una industria pesada, no se había creado un mercado interior, se seguía dependiendo decisivamente del mercado exterior, y por lo tanto el fenómeno del deterioro del precio de nuestras materias primas comenzó a operar en contra nuestra a partir de 1953, mostrando ya en 1957 toda la vulnerabilidad de nuestra economía de país dependiente. El salario real de los trabajadores comenzó a perder cada vez mas terreno, con respecto a los precios en aumento incesante, y entre denuncias de corrupción y gigantescas manifestaciones populares antigubernamentales, se precipitó en 1958 la caída de los colorados, después de 94 años en el gobierno.

Los últimos años
El país reclamaba a gritos un cambio de estructura, pero también los blancos lo emprendieron, aunque esta vez el pueblo no necesitó de otros cien para darse cuenta.
Los colorados habían consumido las reservas acumuladas en divisas después de la guerra. Los blancos recurrieron a los préstamos extranjeros con vencimientos para después de la elección.
Es que los blancos representaban los mismos intereses que los colorados, y si en una época pudo distinguirse entre estancieros blancos e industriales protegidos colorados, hoy están demasiado mezclados esos intereses en uno y otro partido, para poder insistir en distinciones. Al Uruguay lo gobierna una oligarquía blanqui-colorado.
Los que empezaron repartiéndose la jefatura en el siglo pasado, terminaron repartiéndose toda la administración pública, desde un prominente cargo de director de ente autónomo, hasta una tarjeta de leche para un expendio municipal.
Los caudillos civiles, impotentes para cambiar una estructura oligárquica a la que ellos mismos pertenecen en muchos casos, se encontraron sin banderas convincentes de lucha, y sólo les quedó el camino del reparto, en equitativas proporciones de 3 y 2, al que denominaron gráficamente “reparto del asado”
Como no podía ser de otra manera, una corrupción desenfrenada ha minado esos partidos hasta los huesos, en los escándalos de la banca oficial y privada con sus empresas colaterales, en los pactos secretos de la Ancap con las empresas extranjeras, en la degradación de las Caja de Jubilaciones, en los contratos del SOYP y en tantos otros negociados.
La conducta de los dirigentes blancos y colorados de hoy, importadores de colachatas y con jubilaciones privilegiada por el artículo 383 nada tienen que ver con la honradez y la real austeridad de hombres de la talla de Aparicio Saravia o de José Batlle y Ordóñez.
Por debajo de todo este proceso, quedaron las masas rurales desposeídas y las masas urbanas de trabajadores, mientras las capas media se pauperizaban más y más, estafadas por los dirigentes blancos y colorados, que sólo se dedican a invocar el pasado porque no tienen que prometer para el futuro. Su tradicionalismo está viviendo de inercias y de la utilización del aparato administrativo del
Estado.
Esas masas no tuvieron hasta ahora otra forma de expresión política que los blancos y los colorados, pero sin embargo, lentamente han ido cobrando vida organizada en los sindicatos de trabajadores de la ciudad y el campo, y hoy ya se siente su trueno subterráneo bajo el Uruguay aparente del blanco y colorado.
El movimiento obrero uruguayo, cuya primera organización sindical fue la Sociedad Tipográfica de Montevideo de 1865, conoció sus primeras huellas en 1889, y libró grandes batallas, viendo nacer y desaparecer diversas centrales, muchas veces luchando entre sí. Es solo después de la segunda guerra mundial, que comienza a organizarse sólidamente, con el efímero auge industrial de la post-guerra y la creación de los Consejos de Salarios en 1943.
La unidad completa del movimiento obrero es un hecho de nuestros días, pues recién en 1961 nace la Central y en 1964 la Convención Nacional de Trabajadores. Las centrales amarillas financiadas por la embajada norteamericana fueron perdiendo toda fuerza y los intentos que hoy todavía se hacen para dividir, en algunos gremios, escollan contra una arraigada convicción patriótica que es la nota principal del sindicalismo uruguayo.

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